Microbiota y cerebro: la sorprendente conexión entre el intestino y la mente

Cuando pensamos en el cuerpo humano, rara vez consideramos que está habitado por billones de microorganismos. Estos organismos incluyen bacterias, virus, hongos y arqueas que conviven diariamente con nosotros, formando un equilibrio con nuestro cuerpo. La composición de la microbiota es distinta según en qué parte del cuerpo habite, siendo la más estudiada la microbiota intestinal, que juega un papel central en nuestra salud. No se trata de simples habitantes pasivos; estos microorganismos desempeñan funciones cruciales en nuestra salud, desde ayudarnos a digerir los alimentos, combatir infecciones y sintetizar elementos esenciales, hasta influir en nuestras emociones (1–3).

La microbiota y su papel en la salud

Dentro del intestino, la microbiota es clave para numerosos procesos fisiológicos. Por ejemplo, participa en la síntesis de vitaminas esenciales y en la fermentación de la fibra, lo que produce ácidos grasos de cadena corta (AGCC) que tienen propiedades antiinflamatorias y energéticas. También fortalece nuestro sistema inmunológico, promoviendo una defensa eficaz contra agentes patógenos y protegiéndonos de patógenos dañinos (4). Además, la microbiota produce neurotransmisores y otros metabolitos que afectan de forma directa al cerebro (4–6).

Es por eso que, cuando el equilibrio de la microbiota se altera (lo que se conoce con el nombre de disbiosis), pueden aparecer problemas de salud. Estudios han vinculado la disbiosis con enfermedades como la obesidad, el síndrome metabólico y la enfermedad inflamatoria intestinal (1–3). Pero lo más sorprendente es que también puede afectar a la salud de nuestra mente, debido a su profunda y bidireccional conexión con el cerebro.

El eje intestino-cerebro: una autopista de comunicación

El intestino y el cerebro están conectados a través de un sistema de comunicación bidireccional. El eje intestino-cerebro implica que la microbiota intestinal puede afectar al funcionamiento cerebral y, viceversa, el cerebro puede llegar a alterar el funcionamiento digestivo. Este vínculo involucra diferentes rutas (4–6):

  • Neuronal: a través del nervio vago, que transporta señales directamente entre el intestino y el cerebro.
  • Endocrina: mediante hormonas y neurotransmisores que regulan el estado de ánimo y la función cognitiva.
  • Inmunológica: con citocinas y otras moléculas que pueden influir en la inflamación y, por lo tanto, en la función mental.
  • Metabólica: por la producción de compuestos como los AGCC, que pueden atravesar la barrera hematoencefálica y modificar la actividad cerebral.

Microbiota y salud mental: ¿puede la microbiota intestinal afectar nuestras emociones?

Recientes investigaciones sugieren que los desequilibrios en la microbiota pueden estar relacionados con diferentes trastornos psiquiátricos, como el autismo, la esquizofrenia, la ansiedad y la depresión. De hecho, la disbiosis de poblaciones microbianas intestinales se ha llegado a asociar con la aparición de enfermedades neurodegenerativas como el Parkinson y el Alzheimer (4,7,8).

Se ha descubierto que algunos metabolitos producidos por las bacterias intestinales pueden modular la inflamación en el cerebro y alterar la función de neurotransmisores como la serotonina y el GABA, ambos cruciales para la regulación del estado de ánimo y la función cognitiva (7,9).

Estudios en animales han demostrado que la ausencia de microbiota afecta la neurogénesis (la formación de nuevas neuronas) y otros procesos cerebrales (4). Es por eso por lo que se ha comenzado a estudiar el efecto de estrategias tales como los trasplantes fecales, que han mostrado resultados prometedores. Esta estrategia se ha logrado implantar de forma efectiva en el tratamiento de Clostridium difficile, logrando la resolución del trastorno en el 87 % de los casos (10). El trasplante de microbiota fecal modula la microbiota intestinal al reintroducir una comunidad microbiana diversa y saludable en el intestino del receptor, lo que ayuda a restaurar el equilibrio microbiano y a suprimir el crecimiento de patógenos como Clostridium difficile.

Probióticos: aliados del cerebro y el intestino

Pero también se cuenta actualmente con otros recursos, mucho más sencillos y también eficaces, para intervenir positivamente en la vinculación recíproca intestino-cerebro. De acuerdo con la definición propuesta por la Organización Mundial de la Salud (OMS), los probióticos son microorganismos vivos que confieren beneficios para la salud cuando se administran en cantidades adecuadas (11). Estos organismos han sido consumidos desde hace miles de años en la sociedad humana, en forma de alimentos fermentados tales como los yogures y otras leches fermentadas (10). Estos compuestos ofrecen diferentes beneficios en la modulación del eje intestino-cerebro, así como aportan una influencia significativa en la función cerebral y el comportamiento, todo ello a través de la regulación de la microbiota intestinal (7,9).

Es fundamental que los microorganismos probióticos sobrevivan al tránsito a través de nuestro sistema intestinal, ya que sus beneficios solo se manifiestan mientras estén vivos en el cuerpo (10). Esto resalta la importancia de no solo consumir probióticos, sino de elegir aquellos que ofrezcan mayores beneficios. Algunas cepas, como Lactobacillus casei, han demostrado una notable capacidad de supervivencia en el ambiente ácido del estómago, lo que las hace especialmente adecuadas para ser incluidas en alimentos fermentados (15).

Un futuro prometedor

El estudio de la microbiota y su impacto en la salud mental es un campo en crecimiento con implicaciones fascinantes. Aunque todavía falta investigación para comprender completamente estos mecanismos, los hallazgos actuales sugieren que una alimentación rica en fibra, prebióticos y probióticos puede ser clave para mejorar nuestra salud mental y emocional, estableciendo así una conexión sólida entre lo que comemos y cómo nos sentimos.

Cuidar nuestra microbiota no solo es esencial para la digestión, sino también para el bienestar mental. Quizá, el viejo dicho «somos lo que comemos» no solamente se refería a nuestro aspecto y estado físico, sino que nuestros antepasados ya intuyeron los efectos que pueden llegar a tener ciertos alimentos sobre nuestro estado emocional.

Bibliografía

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